Claves para repartir más con menos esfuerzo. Parte II

Hay algo que marca la diferencia —y mucho— entre conservar tu puesto de trabajo como repartidor/a o terminar encadenando contratos fugaces, de esos que se acaban con un “no ha superado el periodo de prueba”.
Ese algo se llama responsabilidad.
Pero no me refiero solo a ser puntual o cumplir horarios. Hablo de algo más profundo: de tomar conciencia del lugar que ocupas en la cadena de suministro, de cuidar el material que transportas como si fuera tuyo, de asumir tus actos (y omisiones), de respetar las herramientas que utilizas y de entender que, aunque haya quien no lo vea, tu trabajo importa. Mucho.
Porque tú, repartidor/a, eres el rostro visible de una larga lista de empresas: las que fabrican el producto, las que lo distribuyen, las que lo venden. Y lo que tú haces (o dejas de hacer) frente al cliente puede reforzar su confianza… o destruirla en un instante.
Golpear los paquetes, entregarlos dañados o lanzarlos como si fueran sacos de arena no solo afecta a tu imagen como profesional. A gran escala, perjudica a todas esas marcas que han confiado en ti para cerrar con éxito el último paso del viaje.
Vale, puede que todo esto ya lo supieras. Pero ahora viene el secreto que no siempre se cuenta: Tu compromiso tiene límites.
La trampa de la responsabilidad mal entendida
No caigas en ella. Ser responsable no significa hacerte cargo de todo.
De hecho, responsabilizarte de lo que no te corresponde puede volverse en tu contra. Es más, puede ponerte en apuros.
Te doy un ejemplo que seguro te suena: llegas a una parada y el destinatario no está en casa. El vecino de al lado, muy amable, se ofrece a recoger el paquete por él. ¿Qué haces?
La respuesta es sencilla: llama a quien te entregó la mercancía y consúltalo. Ni se te ocurra improvisar. Porque esa decisión no te corresponde a ti: la responsabilidad sigue siendo del propietario del paquete, y ese, no eres tú.
Si te ves ante una situación inesperada, no actúes impulsivamente: preguntar es de sabios y puede ahorrarte consecuencias indeseadas. Recuerda: asumir responsabilidades ajenas, conlleva sufrir consecuencias de otros.

Tus herramientas, tu carta de presentación
Ahora pasemos a otro asunto de igual importancia: tus herramientas.
Sí, esas cosas que a veces damos por sentadas —el teléfono móvil, la PDA, la carretilla, el vehículo— y que, sin embargo, son indispensables para afrontar de la forma más cómoda la intensa jornada de trabajo.
Imagínate que llamas a un fontanero/a para que te arregle el grifo. Llega a tu casa sin llave inglesa, o con una tan oxidada que te tiene que pedir la tuya. Bueno, quizá la primera vez lo dejas pasar, todos tenemos un mal día, pero a la larga, si se repitiera a menudo ¿qué pensarías al respecto de su profesionalidad o de la empresa que lo envía?
❕❕ Pues con nosotros pasa lo mismo.
El cliente también valora que llegues preparado/a, que tu equipo funcione, que no pierdas tiempo buscando soluciones que deberías llevar encima. Porque si no es así, lo más probable es que ese cliente no repita, que empiece a buscar alternativas… ¡En la competencia!
Y cuando una empresa empieza a perder servicios, empieza a perder trabajos.
Por eso mismo:
- No dejes nunca la carretilla desatendida, porque tienden a desaparecer misteriosamente…
- No dejes nunca el móvil o la PDA a la vista porque los cacos están ahí vigilándote, te siguen, estudian tus patrones de trabajo y están pendientes de todos tus descuidos.
- Y por supuesto, no desatiendas tu vehículo.
Tu vehículo es tu espacio de trabajo, el lugar en el que pasas la mayor parte del día. Merece tu atención.
Hablamos en profundidad de este tema en Respeta tu espacio de trabajo”.

Resumiendo…
- Informa cuanto antes si algo falla: una PDA que no carga, una carretilla que no gira bien o un vehículo que necesita taller.
- Sé consciente del papel que desempeñas.
- Asume las responsabilidades que te tocan y ninguna más.
- Consulta siempre que algo se salga de lo habitual.
- Cuida las herramientas como si fueran tuyas.
Trabajar a gusto también tiene que ver con esto. Con saber dónde estás, para qué estás, y con tener todo lo que necesitas a mano y en buen estado.
¿Te ha pasado algo parecido en ruta?
¿Has tenido que tomar una decisión complicada con una entrega? ¿Te ha salvado preguntar a tiempo? ¡Cuéntamelo en comentarios!
Y si quieres seguir aprendiendo cómo ser mejor repartidor/a cada día, no te pierdas el próximo post.
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